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Una trifecta de amor

V domingo de Pascua

Queridos hermanos en Cristo:

Este domingo, 10 de mayo es el día de la madre. También es el V domingo de Pascua. Hay dos celebraciones adicionales este domingo que adquieren especial relevancia a la luz de la pandemia que ha alterado nuestras vidas. También se vinculan con una frase del Señor en el pasaje del Evangelio que se proclama esta semana, “el que crea en mi hará las obras que yo hago.”

El 10 de mayo es la memoria de San Damien de Veuster, un sacerdote belga nacido en 1840, canonizado por el Papa Benedicto XVI en el año 2009.

El padre Damien llegó como misionero a Honolulu, Hawái en marzo de 1864. En aquel momento el gobierno de Hawái impuso una cuarentena para prevenir el contagio de lepra.

El mal de Hansen, lo que hoy en día comúnmente llamamos lepra, no es necesariamente lo mismo que se menciona en distintos pasajes de la Biblia. Algunos estudiosos de la Escritura piensan que en la antigüedad se llamaba genéricamente lepra a cualquier enfermedad de la piel.

En la época de Jesús, se separaba a los leprosos de la comunidad. En el siglo XIX en Hawái aquellos infectados con el mal de Hansen eran deportados a la isla Molokai. En aquel tiempo no había cura para la lepra, el científico noruego Hansen apenas acababa de descubrir el agente que la causaba. Era costumbre confinar a quienes padecían de lepra.

El padre Damien fue a Molokai como voluntario a servir a los leprosos. Contrajo lepra y murió en abril de 1889 tras haber pasado 16 años allí. Su amor por Cristo alimentaba el celo misionero que lo llevo a un lugar adonde nadie más quería ir. No hay que olvidar que cuidar enfermos es una de las obras de misericordia corporales enumeradas explícitamente por el Señor en Mateo 25, el protocolo por el cual seremos juzgados.

San Damien encontró la cruz en la forma de lepra, pero también al Señor Resucitado en aquellos que cuidaba. Su vida no solo es considerada un ejemplar por la Iglesia, el estado de Hawái encargó su estatua para un salón del Congreso de los EE. UU. en Washington, D.C.

A través de la historia de la Iglesia hay muchos cristianos cuyas vidas y testimonio es similar al del P. Damien. Algunos son desconocidos para el mundo, aunque ciertamente conocidos por el Señor. Incluso hoy hay muchos santos en medio de nosotros. Especialmente en estos días, muchas enfermeras están creciendo en santidad por su servicio a los pacientes. Dedican su vida callada y constantemente a cuidar por los enfermos. Al hacerlo, cuidan a Cristo presente entre los más pequeños de nuestros hermanos, especialmente los enfermos. Una vez más, eso es lo que El nos dice en Mateo 25.

Esto me da pie para la segunda conmemoración significativa de este domingo. Es la semana de la enfermería, que comenzó el miércoles pasado y concluirá el martes 12 de mayo, la fecha de nacimiento de Florence Nightingale a quien se considera pionera de la enfermería moderna. No era católica, pero tenía gran respeto y admiración por la Iglesia. De hecho, su trabajo durante la guerra de Crimea fue influenciado por las congregaciones religiosas que cuidaban enfermos. El aniversario de su nacimiento fue designado “Día mundial de la enfermería” en los años 70.

En los Estados Unidos, la semana que culmina el 12 de mayo ha sido designada Semana de la enfermería. Nuestra parroquia habitualmente participa en los eventos en Mt. Sinai Medical Center. Dadas las circunstancias extraordinarias de este año que hacen imposible un evento público y la mayor necesidad que nunca de rezar por las enfermeras, los invitamos a que recen por ellas como lo estamos haciendo en todas las Misas.

El trabajo de las enfermeras en todo el mundo, ya sean cristianas o no, con o sin pandemia, es una obra de misericordia corporal. Cuidar a los enfermos es tanto un trabajo como una vocación, un llamado, una obra de amor. A menudo exponen sus vidas no ya por un amigo sino por un perfecto extraño. Practican la caridad en forma ejemplar. Es justo honrarlas no solo en esta semana o durante la pandemia, sino siempre. Es bueno que recemos por ellas y seamos agradecidos.

Indudablemente también tenemos una deuda de gratitud con nuestras madres. Todos los días deberían ser para nosotros el día de la madre. Obviamente nuestras madres no son la Virgen María que no conoció el pecado. No importa cuan imperfectas sean, merecen nuestro amor y gratitud. Recibimos de Dios con su cooperación el don de la vida y solo por eso debemos estar agradecidos. Además, nos cuidaron e hicieron muchos sacrificios, grandes o pequeños por nosotros. Debemos mostrarles nuestro amor y gratitud, especialmente con nuestras continuas oraciones por ellas.

El amor incondicional de las madres por sus hijos refleja de tal manera el amor de Dios que varios pasajes de la Sagrada Escritura utilizan imágenes del amor materno para describir el amor de Dios, aunque El se revela como Padre. El salmo 131, por ejemplo, utiliza la imagen de un niño en brazos de su madre para alentar a Israel: “Como un niño en brazos de su madre, como un niño sostengo mi deseo. ¡Espere Israel en el Señor, ahora y por siempre!” También leemos en el capítulo 49 versículos 13-16 del libro del profeta Isaías que citaba a menudo san Juan Pablo II: “El Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados. Decía Sion: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado”. ¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré. Mira en mis palmas te llevo tatuada, tus muros están siempre delante de mí.”

Experimentamos el amor apasionado de Dios Padre enriquecido por intuiciones de la maternidad humana cuando encontramos amor humano auténtico, oblativo, como el de nuestras madres, las enfermeras o el padre Damien. Son ejemplos maravillosos del amor de Dios manifestado entre nosotros. Imitan la obra de Jesús de alguna manera. Los tres nos fortalecen en nuestra hermosa fe católica. Nos recuerdan a quienes creemos en Jesús que, aunque obrar como Él pueda ser difícil a veces, no solo es posible, sino que es el camino seguro a la felicidad verdadera y perdurable. Realmente, ¡una trifecta de amor!

Fr. Roberto M. Cid