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¡Vamos!

XIV semana del tiempo ordinario

Queridos hermanos en Cristo:

La Sagrada Biblia es la palabra de Dios, lo sabemos bien, lo hemos aprendido en nuestras clases de religión y Catecismo.

Dios nos habla en la Sagrada Escritura, en ella y a través de ella, nos dice todo lo que necesitamos saber para alcanzar la plenitud de la vida. La Sagrada Escritura es una gran historia de amor. Nos relata el amor de Dios por la creación y en particular por nosotros, creados a su imagen y semejanza, con una vocación especial a participar de su vida divina en plenitud.

La Biblia registra la acción de Dios en la historia, en la creación, al elegir un pueblo y finalmente entrando Él mismo en el tiempo y el espacio para transformar la historia del mundo desde adentro.

La Biblia también tiene autores humanos, quienes recibieron gracias especiales de Dios que los preservaron del error, de manera que lo que Dios desea comunicarnos sobre sí mismo y sobre nosotros, fuera transmitido fielmente a pesar de las limitaciones de aquellos que escribieron los distintos libros de la Biblia.

Jesucristo es el Verbo encarnado. Es verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso, san Jerónimo decía que conocer la Biblia es conocer a Jesús. Él es el personaje central de la Sagrada Escritura. En la Biblia, todo nos habla de Él y Él mismo nos habla a cada uno de nosotros. Los dichos de Jesús que encontramos en los Evangelios, que nos han llegado a través de los relatos de testigos oculares, recopilados por los evangelistas, tienen especial importancia, pues es Dios mismo quien los está pronunciado. Han salido de la boca de Dios encarnado.

En el fragmento del capítulo 11 del Evangelio según san Mateo que se proclama este domingo encontramos una alocución del Señor, que es particularmente importante y necesario recordar siempre. Nos dice: “Vengan a mi todos los que están cansados y agobiados. Yo les daré descanso.”

Se trata de una afirmación que debemos tener presente especialmente en aquellos momentos que experimentamos la fatiga, el desánimo, cuando la tarea por delante o los desafíos parecen imposibles, cuando nos oprime la injusticia, cuando el dolor nos desgarra.

Recuerdo en el año 2005 siendo todavía seminarista me invitaron a asistir a una conferencia en la Iglesia Nuestra Señora de la Merced en la ciudad de Pergamino (Argentina) sobre la devoción mariana de Manuel Belgrano, un prócer argentino, creador de la bandera. Tenía varias preocupaciones en mi mente que me quitaban la paz. Al entrar en la iglesia vi una imagen de Jesucristo con la cruz a cuesta y la cita del capítulo 11 del Evangelio según san Mateo grabada en la pared. Tengo que reconocer que, hasta ese momento, conocía la cita, pero no hubiera podido decir exactamente dónde encontrarla. A partir de ese instante, la referencia quedó grabada en mi mente. No solamente fue la respuesta a mi desasosiego, sino que me di cuenta de que no se trataba de palabras piadosas, o una frase hecha de marketing promoviendo algún producto, no eran promesas vacías o palabras ociosas de esas que abundan en los medios de comunicación, los catálogos y los discursos; sino que era Dios mismo quien las pronunciaba y que las dirigía a mi persona.

A diferencia de lo que yo digo, o cualquiera de nosotros pudiera decir, no solo estos dichos, sino cada palabra de Jesucristo es concienzuda, profunda, amorosa, misericordiosa, sanadora y salvadora.

Hay que tomar muy en serio cada palabra que emana de la boca del Señor, al pie de la letra. No es cuestión de ser fundamentalista, sino de reconocer que cuando Jesús habla, se dirige a mí y lo que me está diciendo es verdad y además es palabra de vida, viva y vivificante.

¿Hay alguien entre nosotros que, en estos días de pandemia, conflicto social y dificultades en el empleo o caída en el ingreso, no haya experimentado momentos de zozobra, duda, agotamiento, agobio?

No se trata solo de la amenaza del virus o la incertidumbre sobre el porvenir debido al impacto económico de la cuarentena. Varias personas que se recuperan de adicciones me contaban las enormes dificultades y tentaciones que experimentan en estos días. Dicen que las ventas de alcohol han aumentado exponencialmente. Ni que hablar de la pornografía, que ya es endémica, fácilmente accesible por la vía informática, que ahora, según un artículo en el periódico se ofrece con descuentos.

Frente a este panorama agobiante y desolador, la Divina Providencia nos ofrece este domingo las palabras del Señor: “Vengan a mí.”

Claro que debemos ir a Él. Por supuesto que sí, porque como dice san Pedro en el capítulo 6 del Evangelio según san Juan, si no vamos a Jesús, “¿a quién iremos?”

Ir a Jesús es acercarse a Él en la oración, escucharlo en la Sagrada Escritura, encontrarlo en los sacramentos, especialmente la Eucaristía donde se entrega a nosotros y en la Confesión donde nos ofrece su perdón y misericordia, visitarlo en el Santísimo ya sea cuando está expuesto o en cualquier otro momento en que podamos visitarlo porque nos espera cautivo, prisionero de amor, en el sagrario de la iglesia parroquial o cualquier capilla. Me llama mucho la atención cuando salgo a rezar el rosario a la noche y veo gente apoyada contra la puerta de la iglesia cerrada en actitud de oración. ¡Cuánta fe! ¡Cuánto amor a Jesucristo real y sustancialmente presente en la Eucaristía! ¡Cuánta deseo de acercarse a Él!

Servir al prójimo, especialmente en los más necesitados, también es ir a encontrar a Jesús, pues Él mismo nos dice también en el Evangelio según san Mateo que lo que hagamos a ellos, lo hacemos por Él.

En los momentos de cansancio, desánimo, conflicto y pandemia, cuando nos sentimos heridos y agobiados es cuando más necesitamos a Jesucristo, Señor de la historia. ¡Escuchemos con confianza su voz en el Evangelio de este domingo que nos invita a acercarnos a Él! No desaparecerán las dificultades por arte de magia, pero nuestra carga se hará más liviana, nuestro yugo más llevadero, porque encontraremos que al lado nuestro camina el Dios de la vida, quien nos toma de la mano porque, como dice el Salmo responsorial de este domingo, es un Dios fiel y amoroso que sostiene a los que se caen y endereza a los encorvados.

Fr. Roberto M. Cid