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Vestigios trinitarios

Solemnidad de la Santísima Trinidad

Queridos hermanos en Cristo:

El año litúrgico comienza con la preparación para Navidad, el tiempo de Adviento. Luego viene la preparación para la Pascua, el tiempo de Cuaresma. El tiempo pascual concluye con la celebración de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia, evento que celebramos el domingo pasado.

Luego de haber contemplado en detalle la acción de Dios en la historia, la Iglesia nos invita este domingo a contemplar la naturaleza misma de Dios, su esencia, su ser. De eso se trata la celebración de la solemnidad de la Santísima Trinidad. Por supuesto que no es una tarea fácil. Estamos contemplando un misterio insondable y el exceso de luz excede nuestras capacidades, nos deslumbra.

Cuando nosotros los católicos decimos que algo es un misterio, No estamos diciendo que se trata de algo inexplicable, irracional, mágico, totalmente desconocido, un problema a resolver, algo que requiera la asistencia de un detective. El misterio es una realidad profunda, extensa, tan rica que, aun conociendo mucho de ella, no agotamos nuestro conocimiento.

Dios, la Santísima Trinidad, es un misterio por excelencia. Es infinito. Su esencia es ser. Dios es el que es. Como tal es también el origen del ser, la fuente de todo lo que es. Dios es la verdad, la vida, el bien y la belleza misma. Todo lo verdadero, bello, bueno, todo lo que tiene vida, existe porque ha recibido el ser de Él.

La racionalidad de este misterio supera nuestras facultades intelectuales. Por eso, aunque  podemos decir muchas cosas de la naturaleza de Dios, algunas porque nos han sido reveladas y otras porque hemos podido concluir con nuestro intelecto, es mucho más lo que nos queda por conocer, por descubrir, por vivir. En última instancia, el misterio de Dios no solamente se conoce, sino que se participa de El en la existencia.

Por otra parte, todo lo que decimos de la Santísima Trinidad aclara algunos aspectos, pero oscurece otros. Nuestro santo patrono, san Patricio, es famoso por utilizar un trébol para explicar la Trinidad. Su ejemplo ilustra algunos aspectos del misterio, pero, si uno se descuida, puede inducir a errores.

También, es imposible hablar de Dios sin hacer referencia a la creación, porque es a través de la creación que conocemos a Dios, pues Él se manifiesta presente y activo entre nosotros. Por eso, los tratados de teología trinitaria comienzan con una discusión sobre el sentido de la naturaleza humana.

Es que la autorrevelación de Dios presupone la naturaleza humana, Dios habla y se manifiesta porque hay alguien que es capaz de escuchar esa palabra y de recibir esa revelación. Dios condesciende con la creatura haciéndose accesible a su entendimiento. La Sagrada Escritura es una de las formas en las que Dios se acerca al hombre creado a su imagen y semejanza, hablándole a la manera humana. Por supuesto que la autorrevelación de Dios alcanza su punto culminante en la persona de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien no solamente se acerca a la humanidad, sino que asume completamente nuestra común humanidad. Al hacerlo nos revela quien es Dios, pero también pone de manifiesto el significado profundo y la vocación de nuestra humanidad.

Así como es imposible hablar de Dios sin referencia a la persona humana, cualquier discusión seria sobre antropología, sobre el origen y significado de nuestra humanidad, al considerar la trascendencia del hombre y su sociabilidad, debe necesariamente abordar la cuestión de Dios, aunque más no sea para negar su existencia.

Vivimos una época de gran confusión y poca racionalidad. Las argumentaciones tienden a ser emocionales y no racionales, buscando impacto mediático más que reflexión, por eso mucha gente ni siquiera considera las cuestiones centrales de su existencia. Incluso hay cristianos que desean ser fieles al Señor, pero evitan la reflexión, la contemplación y en los pocos momentos de introspección parecieran buscarse más a sí mismos que a Dios, cayendo en una ideologización de la fe o una acomodación de esta a sus preferencias personales.

Sin embargo, aún en medio de la confusión y el oscurecimiento de la razón que dominan estos tiempos de fuerte crisis antropológica, afloran una y otra vez la cuestión de Dios, lo eterno, lo trascendente en la persona humana. Fabrice Hadjadj, un antropólogo francés, incluye un ensayo titulado “Hipermercado de ídolos” en su libro “Tenga éxito en su muerte”, en el que argumenta de manera muy elocuente y convincente que “el gran principio del marketing consistía en dotar a cada artículo de consumo de un atributo divino. No hay nada más anhelado por nuestra voluntad que la visión del Bien absoluto. Por tanto, hay que conferir un carácter absoluto al salchichón o a la maquinilla de afeitar flexible de hojas múltiples para que el consumidor se sienta impelido a comprarlas.”

No puede ser de otra manera, porque la creación entera en su belleza y las regularidades del universo que hacen posible el conocimiento científico manifiestan a Dios. Como señala la primera lectura, la presencia y la acción de Dios en la historia son evidentes para quien tiene un corazón dócil a su palabra, está abierto a la verdad y ha recibido la gracia a la que hace referencia san Pablo en la segunda lectura de la carta a los Romanos.

Como decía san Agustín, la creación entera tiene “vestigios trinitarios”. El corazón henchido de amor reconoce en toda la creación y en todos los eventos de su existencia, aún en la tragedia y el dolor, aún en la cruz, la presencia y la acción del Dios único y verdadero, el Dios de Jesucristo, que es uno y trino porque es amor.

Fr. Roberto M. Cid