Fe y obras

XXIV domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

Ser cristiano es estar en una relación con una persona que está viva, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Es una relación de amor que le da una orientación decisiva a nuestra vida. Se trata de una relación que es a la vez personal y comunitaria porque en virtud de la Encarnación, Dios asumió la naturaleza humana, algo que tenemos en común con El y con todo otro ser humano que existe, existió o existirá.

Por la Encarnación, la naturaleza humana ha quedado unida irrevocablemente a la divina y, por lo tanto, todo lo que es verdaderamente humano es ahora vehículo de comunión entre todos y cada uno de nosotros y Dios. Más aún, en la humanidad de nuestros hermanos vemos también la humanidad de Jesucristo, quien es Dios. Por lo tanto, al honrar, reverenciar y respetar la humanidad de los otros también crecemos en comunión con Dios.

Cristo trabajó con manos humanas, pensó con un cerebro humano, tenía una voluntad humana, amó con corazón de hombre. El trabajo humano, ya sea manual o intelectual, las acciones humanas, afectos, emociones, cuando están ordenados nos llevan a una mayor comunión con Dios.

La Iglesia no es un partido político, una organización cultural, un agente económico, un ente sociológico o un club. Es la presencia continuada de Cristo en el mundo y precisamente por eso, busca evangelizar todas las dimensiones de nuestras vidas. Tiene algo para decir sobre la política, economía, la sociedad, la cultura e incluso el deporte. Su mensaje busca transformar los aspectos más íntimos de nuestra humanidad, la forma en que nos relacionamos con nuestros cuerpos, y también los más visibles, la manera en que nos comportamos en los asuntos públicos ya sea como ciudadanos o funcionarios electos.

El cristianismo no es un código moral, sin embargo, existe una moral cristiana específica. La base de la moral cristiana es, por supuesto el amor, la virtud y la ley natural, el orden de la creación que podemos discernir a través de la razón con la ayuda de la gracia.

La Biblia no es un recetario de moral en el que encontramos respuestas a cada pregunta sobre moral, sin embargo, nos ofrece una visión particular de la persona humana que nos sirve como brújula y educa nuestras consciencias para que podamos abrazar la verdad, el bien, la belleza, siempre y en todo lugar.

Las enseñanzas de la Iglesia no son proposiciones arbitrarias. Las cosas son buenas o malas en sí mismas. Robar y asaltar un banco, por ejemplo, es inmoral y es un pecado porque está mal. Como ninguno de nosotros está involucrado en esas actividades, nos resulta relativamente fácil entenderlo. A nadie se le ocurriría decir que se opone personalmente al robo, pero respeta otras posiciones. A nadie se le ocurre argumentar que la enseñanza de la Iglesia sobre el robo es anticuada y necesita actualizarse. Nadie afirmaría que la triste noticia de que algún sacerdote fue atrapado robando dinero demuestra que la enseñanza de la Iglesia necesita ser revisada.

La misma lógica se aplica a todos los pecados, aunque nos cueste un poco darnos cuenta de que un comportamiento particular que realizamos no sea bueno. En última instancia, todo acto pecaminoso es desordenado, va en contra del orden natural. Nuestras acciones afirman nuestro amor a Dios o lo rechazan. Construyen nuestra relación con El o la socavan. Fortalecen los vínculos de comunión entre nosotros y nuestros hermanos o los debilitan.

Nuestras acciones pecaminosas también se oponen a nuestra fe. Eso es lo que destaca Santiago en la segunda lectura de este domingo. Nuestras acciones son relevantes, no porque nos ganen el cielo o nos merezcan el amor de Dios. El amor de Dios se nos ofrece incondicionalmente, nuestras acciones lo abrazan o lo rechazan. Construyen nuestra humanidad y la de los otros o la demuelen.

No se puede profesar amar a Dios a quien no vemos y odiar su imagen. Es francamente contradictorio que un cristiano diga tener fe en Dios hecho hombre y al mismo tiempo mancille de manera obstinada, constante y despreocupada esa misma humanidad presente en el o pisotee la humanidad presente en otros. La coherencia en la vida es una lucha, pero es fundamental para todo cristiano, no solo los ministros ordenados y religiosos. Obviamente es mucho más trágico y escandaloso cuando vemos personas consagradas contradiciendo con sus acciones la fe que dicen profesar.

Dios creó el universo para la comunión con El. Lo creó bello y bueno. Lo creó con orden. Creó al hombre, varón y mujer a su imagen y semejanza, una expresión que el autor sagrado usa para destacar el hecho que a diferencia de las demás criaturas tenemos una capacidad especial para la comunión con Dios. Sin embargo, nosotros, los seres humanos, hemos desfigurado esa imagen e intentamos remplazar a Dios, nos rebelamos contra el orden que El desea y destruimos la comunión. Frente a ese rechazo, Dios responde con amor más radical, abraza nuestra naturaleza humana, solidarizándose con nosotros hasta la muerte para rescatarnos del poder del pecado y de la muerte, para que seamos verdaderamente libres.

Dios no nos libera de nuestra naturaleza humana, la sana y la lleva a la perfección. Nuestra naturaleza humana es un don de Dios a nosotros. Está destinada a cosas grandes, aunque nos imponga ciertos límites. El vicio nos hace esclavos de nuestras pasiones y miserias. ¡La persona virtuosa es verdaderamente libre!

P. Roberto M. Cid