Gloriarse no es triunfalismo

XIV domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

La segunda lectura de este domingo está tomada de la Carta de san Pablo a los Gálatas. Como sabemos uno de los temas centrales de esa carta es la cuestión de la incorporación de los gentiles a la Iglesia. El Apóstol da respuesta a varias preguntas generadas por una controversia que había surgido en aquella comunidad cristiana. ¿Es necesario ser judío para poder ser cristiano? Los gentiles que abrazan la fe de la Iglesia, ¿deben primero convertirse al judaísmo? ¿Es necesaria la circuncisión antes del bautismo?

La respuesta de la Iglesia, que san Pablo transmite a los Gálatas, es categórica. La incorporación a la Iglesia es por el bautismo. Los gentiles se unen al pueblo de Dios por la recepción del sacramento. En Cristo, judíos y gentiles forman un solo pueblo de Dios. Los gentiles son injertados al tronco de Israel para formar el único pueblo de Dios en Jesucristo. El bautismo nos hace uno en Cristo, de manera que, como el mismo san Pablo dirá a los Gálatas, ya no hay judíos ni griegos, esclavos ni libres, varones o mujeres, lo que importa es el bautismo por el cual hemos muerto con Cristo para resucitar con él.

En ese cuerpo hay distintos miembros, distintas funciones, pero el cuerpo es uno. Todos nosotros, que hemos sido bautizados, participamos de la vida de Cristo, independientemente de cualquier otra consideración. Claramente, no es que el bautismo anule las diferencias que existen entre las personas, sino que por el bautismo todos somos constituidos pueblo de Dios, coherederos de la promesa, incorporados al cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia católica. Un pueblo que tiene distintos ministerios, distintas funciones, distintas personas, en el que hay santos y pecadores, pero es esencialmente uno.

Esa voluntad del Señor de integrar a todos los pueblos en una única Iglesia constituida con una estructura visible, histórica, jerárquica bajo el liderazgo de Pedro se manifiesta claramente en los Evangelios. El Señor mismo afirma que, así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, cuando Él sea levantado atraerá a todos hacia sí. Efectivamente, así lo hace porque por su muerte en cruz atrae a todos los pueblos hacia sí para hacer de toda la humanidad un solo pueblo de Dios redimido por su sangre, una única nación consagrada.

Justamente por eso san Pablo afirma que solo se gloriará en la cruz de Cristo, porque ahí encuentra el amor de Dios por nosotros en toda su radicalidad. Es precisamente ese amor apasionado de Dios que lo lleva a crearnos, a regalarnos la naturaleza humana que compartimos con Cristo y con todo otro ser humano. En ese amor encontramos también la fuente de nuestra dignidad incomparable. Dios se despoja absolutamente de todo acercándose al límite de la nada para rescatarnos a nosotros en una especie de movimiento envolvente.

La cruz manifiesta la universalidad del amor de Dios quien desea que todos nos salvemos.

En la cruz de Cristo también cobran sentido todos los ministerios de la Iglesia. Como dijo el Papa Francisco a los cardenales al día siguiente de su elección, sin la cruz de Cristo, la Iglesia deja de ser ella misma y se convierte en una ONG piadosa.

La contemplación de la cruz nos mueve al amor, nos libra de cualquier tentación de mundanidad y triunfalismo, porque en ella vemos que la victoria de Dios no llega a través de la ostentación de poder, los cálculos humanos, la claudicación frente al mundo o la negociación, sino a través de la entrega radical en el amor. La cruz es escuela de amor apasionado. La cruz nos enseña que hacer el bien llegando al sacrificio personal es la forma más exaltada del amor.

La contemplación de la cruz, sin adornos, en toda su crudeza nos ayuda también a abrazar las cruces que encontramos en nuestro camino ya sea como pueblo de Dios o individualmente.

Gloriarse en la cruz está en las antípodas del triunfalismo. No se trata de alardear de nada, ni de caer en la mundanidad espiritual que ve a la Iglesia como un mero factor de poder, una mera realidad sociológica que ha de regirse según los criterios de éxito del mundo, sino darse cuenta que la pasión, muerte y resurrección de Cristo se prolonga en nosotros por nuestro bautismo y, por lo tanto, estar unido a Cristo, especialmente a Cristo crucificado, es el camino a la felicidad verdadera. Los mártires, san Pablo incluido, comprendieron esto cabalmente.

En todas las épocas ha habido y habrá quienes piensen que se puede vivir un cristianismo sin cruz, pero el anuncio de Cristo será siempre un signo de contradicción. El discipulado exige disponibilidad absoluta, estar dispuesto a morir a las pasiones y al pecado, aceptando la vulnerabilidad del amor verdadero que no busca poseer sino entregarse por el bien del amado. De ahí la advertencia del Señor a los discípulos en el Evangelio de este domingo. Los discípulos de Cristo no se conforman al mundo, sino que buscan conformarse cada vez más a Él, para que el mundo pueda reflejar su rostro más acabadamente. Identificarse con Cristo implica dejar a un lado los cálculos humanos, volverse vulnerable, vaciarse de uno mismo y abrazar la cruz en sus múltiples manifestaciones en nuestra vida, conscientes de que para reinar con Cristo hay que estar unido a Jesucristo quien gobierna el universo entero con mano poderosa. Su trono es el árbol de la cruz.

P. Roberto M. Cid