Gracia y naturaleza

XXIII domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

El evento en la vida de Cristo que se narra en el pasaje evangélico que se proclama este domingo ha entrado en la liturgia del sacramento del Bautismo. Hay un rito que evoca el momento en el que el Señor abre las orejas y la boca del hombre sordo que tenía un impedimento en el habla, gimiendo mientras decía “Effetá”,  “Ábrete”.

En el Bautismo de niños, hay varios ritos que siguen a la celebración del sacramento propiamente dicha, a saber, la unción con Crisma, la entrega de la vestidura blanca y la vela encendida del cirio pascual y el Effetá u oración sobre las orejas y la boca.

En el Effetá, el celebrante toca las orejas del niño con su pulgar, diciendo: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su palabra y profesar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre.” Y el pueblo responde: “Amén”.

Este rito nos recuerda que la gracia que el niño ha recibido a través del sacramento del Bautismo es un don incomparable, es también el comienzo de la vida de fe, pero es un don que debe crecer y dar abundantes frutos de santidad para el bien de la persona que recibe el Bautismo y, por supuesto, para la gloria y alabanza de Dios Padre.

En efecto, el Bautismo como cualquier otro sacramento, es antes que nada una acción de Dios. Es su iniciativa. Él nos confiere activamente su vida y su amor. Sin embargo, este don precioso, como cualquier otro, debe ser valorado, nutrido y puesto en práctica por quien lo recibe.

El siervo de Dios Enrique Shaw comparaba los dones que recibimos de Dios con el regalo de una lapicera que alguien pudiera hacernos. Honraríamos realmente a la persona que nos hizo el regalo, agregaba, si escribiéramos profusamente con la lapicera. Por supuesto, decía también, lo primero que debemos escribir es una nota de agradecimiento dirigida a quien nos hizo el regalo.

Lo mismo podríamos decir de las gracias sacramentales. Honramos al Señor y mostramos nuestra gratitud cuando la dejamos que nos transforme y cooperamos en la santificación del mundo, de ahí la importancia de abrir nuestros oídos y nuestra boca a la palabra de Dios, para poder escucharla, ser transformados y testimoniar con toda nuestra vida el amor que hemos encontrado.

Claramente, los sacramentos no son mágicos. La gracia coopera con la naturaleza humana. Ser bautizado no alcanza para que seamos santos, del mismo modo que ser ordenado sacerdote no hace de cada cura un santo, como lo hemos visto con tristeza, estupor e incluso vergüenza en estos días.

El Bautismo y los otros sacramentos son el vehículo ordinario a través del cual la gracia de Dios fluye al mundo. Su poder viene de Jesús vivo, viviendo en la Iglesia. Su eficacia no depende de la santidad del ministro. Naturalmente, si el ministro es santo es como si se multiplicaran las gracias, porque la gracia sacramental nos llega a través de un super-conductor. Uno puede imaginar lo que debe haber sido asistir a Misas celebradas por alguno de los innumerables sacerdotes santos en la historia de la Iglesia como san Agustín, Padre Pío, san Juan Bosco, san Juan Bautista de La Salle, los mártires de América del Norte o san Alberto Hurtado, un jesuita chileno que fue canonizado por el Papa Benedicto XVI, cuya memoria celebramos hace pocos días.

San Alberto Hurtado solía manejar su camioneta Ford verde por las calles de Santiago de Chile recogiendo niños de la calle para llevarlos al “Hogar de Cristo”, un albergue que él había fundado que existe hasta nuestros días, pero ahora está dedicado principalmente al cuidado de personas recuperándose de adicciones. Murió de cáncer de páncreas y está enterrado en el predio del Hogar de Cristo. Tuve el privilegio de visitar ese lugar hace un par de años y rezar junto a su tumba. En el santuario del Padre Hurtado hay varias frases de él grabadas en la piedra.  Hay dos que me llamaron mucho la atención, tan es así que compré una miniatura de su camioneta Ford y la puse en la cocina de la rectoría para acordarme todos los días de esas sabías expresiones. Una estaba dirigida a sus hermanos sacerdotes: “Hay que animarse a dar el paso para dejar de ser buenos sacerdotes y convertirse en sacerdotes santos.” La otra es para todos: “La Iglesia de nuestro tiempo será lo que seamos nosotros”.

Así es, la Iglesia es santa y siempre lo será porque en ella está Cristo, pero su santidad brillará en nuestro tiempo y se irradiará hasta los confines del mundo en la medida en que nosotros, los bautizados, la reflejemos en nuestra vida, en la medida en que abracemos el don de la gracia, lo recibamos y cooperemos con él.

El Bautismo es un don incomparable que el Señor nos da. Es el umbral a la vida de la gracia, un hito clave en nuestro largo camino hacia la santidad. La misericordia de Dios abre nuestros corazones y nuestros oídos para que podamos conformar nuestras vidas a Aquel a quien hemos sido configurados en el Bautismo, el único bueno, porque es la Bondad misma, Dios, que se encarnó, habitó entre nosotros y decidió quedarse en la Iglesia Católica, especialmente en la Eucaristía, el sacramento de su Cuerpo y Sangre.

P. Roberto M. Cid