Los sabios todavía lo buscan

Solemnidad de la Epifanía del Señor.

Queridos hermanos en Cristo:

En este primer domingo del año nuevo del Señor 2019 celebramos la solemnidad de la Epifanía, la manifestación de Cristo a las naciones representadas por los Reyes Magos. En el pasaje del Evangelio según san Mateo que narra este evento y que escuchamos este domingo, no se menciona el número de sabios de Oriente que llegan a rendir homenaje al Rey recién nacido. Sin embargo, la tradición ha fijado el número en tres, tal vez porque se mencionan tres regalos, y así se los representa habitualmente en las distintas manifestaciones de piedad popular.

En nuestros pesebres incluimos tres figuras que representan a estos sabios de Oriente que vienen a adorar a Cristo. También es común encontrar figuras de camellos. La celebración del día de Reyes es muy popular en América Latina y en España. Hay múltiples tradiciones asociadas a esta fecha, incluyendo, por supuesto, la costumbre de dejar alimento o agua para los camellos en los que vienen los Reyes a traer regalos a los niños, como lo hicieron aquella primera Navidad en que trajeron oro, incienso y mirra al Niño Dios. El villancico en inglés, We Three Kings, que nuestro coro interpreta en un arreglo tan hermoso, explica el significado de estos tres regalos.

Aunque en los Estados Unidos, la celebración de los Reyes no es tan popular, ni intensa, es común que las tarjetas de Navidad tengan un motivo que muestra a los Reyes Magos ya sea en camino, siguiendo la estrella o arrodillados frente al niño Jesús, muchas veces con el texto: “Los sabios todavía lo buscan.”

Esa inscripción en las tarjetas de Navidad es una invitación a la reflexión sobre la verdadera sabiduría.

Si nos preguntaran quien es sabio, probablemente pensáramos inmediatamente en alguna personalidad destacada por sus credenciales académicas, por sus logros en el campo de la ciencia, tal vez alguien que haya ganado el premio Nobel de alguna ciencia. Los logros de las ciencias naturales y sus aplicaciones en el campo de la tecnología hacen que en nuestros tiempos muchas personas estén deslumbradas, llegando a pensar que la única forma de conocimiento digna de ser considerada científica o valiosa es la que sigue el método de las ciencias naturales.

Sin embargo, la verdadera sabiduría no pareciera ser una cuestión de títulos académicos, sino más bien una búsqueda constante de la verdad, un deseo de conocer la realidad en su nivel más profundo, la capacidad para penetrar el misterio de nuestra existencia.

Afirmar esto, no implica menospreciar los logros académicos, ni mucho menos devaluar el poder de la razón, sino más bien reconocer que la verdadera sabiduría no se alcanza por la acumulación de títulos académicos o diplomas, sino en la medida en que uno busca la verdad, se deja sorprender por ella cuando la encuentra y tiene la capacidad de abrir el corazón y la mente para que sean transformados por la verdad tal y como se nos presenta, en su forma objetiva, con sus exigencias y desafíos.

Por eso, en el Antiguo Testamento encontramos el libro de la Sabiduría que destaca la relación que existe entre esta y la justicia. Además, en el capítulo 9 del libro de los Proverbios se afirma que el principio de la sabiduría es el temor de Dios y se afirma que conocer al santo es inteligencia.

Por eso se llama sabios a estos hombres, porque son capaces de reconocer el signo que los lleva al encuentro con Aquel que es la Verdad encarnada. Su conocimiento intelectual está al servicio de la búsqueda de la verdad en la que se encuentran. Literalmente, se encuentran en camino hacia la verdad.

El conocimiento intelectual por sí mismo es insuficiente para alcanzar la verdadera sabiduría, es necesario abrirse a la gracia. Por eso, san Juan Pablo II afirmó que la fe y la razón son las dos alas que le permiten al hombre elevarse a la contemplación de la verdad, o lo que es lo mismo crecer en sabiduría. Por eso, mismo san Agustín decía que es necesario creer para entender y entender para creer. Por eso, el Papa Benedicto XVI también nos enseñó que la fe separada de la razón degenera en superstición, mientras que la razón sin la asistencia del conocimiento de la fe colapsa.

Los más grandes sabios en la historia de la humanidad son los santos, porque han comprendido la realidad más profunda del universo y la han vivido intensamente. Encontraron el amor de Dios, el Dios que es amor y dejaron que este hallazgo transformara su existencia, como transformó a los sabios de Oriente. Fueron sorprendidos por la Verdad que salió a su encuentro y se pusieron en camino hacia una comunión más profunda con ese tesoro. Habiéndolo hallado, lo adoraron. Los Reyes Magos son parte de una larga lista de hombres verdaderamente sabios que en su vida han buscado constantemente al Dios que está cerca de nosotros, que se hace uno de nosotros para señalarnos el camino hacia la auténtica sabiduría y la verdadera libertad.

P. Roberto M. Cid