Me preparaste un cuerpo

IV domingo de Adviento.

Queridos hermanos en Cristo:

En la segunda lectura de este cuarto domingo de Adviento, escuchamos un fragmento del capítulo 10 de la carta a los hebreos en el que se pone en boca de Cristo la expresión “me formaste un cuerpo.”

La carta a los hebreos presenta a Jesucristo, hijo de Dios, palabra definitiva de Dios como sumo y eterno sacerdote. Comienza con un exordio en el que señala que Dios ha hablado a través de la historia de muchas maneras, pero ahora nos habla por su Hijo. Jesus es el primogénito de Dios, su hijo por quien todo fue creado, a quien los ángeles adoran, que asume la condición humana.

La Encarnación de la Palabra Eterna de Dios en la persona de Jesucristo es uno de los misterios centrales de nuestra hermosa fe católica. Se trata de un evento por el cual Dios se hace nuestro prójimo, asumiendo nuestra condición humana en plenitud, abrazando nuestra vulnerabilidad, nuestra fragilidad y, por supuesto, nuestra corporeidad. La humanidad de Cristo no es aparente. Su cuerpo es igual al nuestro en todo. Tan es así que al igual que nosotros necesita descansar y los Evangelios nos lo presentan durmiendo.

Por la Encarnación, la naturaleza humana, creada a imagen y semejanza de Dios, que de suyo tiene una dignidad incomparable, es elevada a niveles insospechados. Así es, todo lo que es humano, ha sido elevado a una dignidad infinita por la unión de nuestra naturaleza con la divinidad que se da en la persona de Cristo. Nuestro cuerpo goza de una dignidad infinita, porque, como lo señala la segunda lectura de este domingo, Dios se ha preparado un cuerpo humano. Nuestra naturaleza humana, creada a imagen de Dios, ahora, por obra de la gracia, se ha unido irrevocablemente a la naturaleza divina en la persona de Jesucristo, nacido de la Virgen María.

Hemos escuchado tantas veces que Dios se ha hecho hombre, que pareciera que ya no nos asombra aquello que es una maravilla y una manifestación de la radicalidad del amor de Dios por sus creaturas. Dios nace de una mujer. La Navidad celebra con gran intensidad el misterio de la Encarnación, invitándonos a contemplar detenidamente al niño y a su madre en el pesebre. Al abrazar la vulnerabilidad de los seres humanos, Dios es un recién nacido. Es un frágil bebé que depende radicalmente del cuidado de las creaturas. Entre ellas se destaca la madre que juega un papel importantísimo en el plan de Dios, la Santísima Virgen María, propiamente llamada Theotokos, Madre de Dios. Dios tiene madre porque se hace hombre. Por supuesto, san José, esposo de la Virgen María y custodio del redentor también desempeñará un papel importante frente a las amenazas que se ciernen sobre este hombre-Dios vulnerable. La ambición de los inescrupulosos poderes del mundo agrega incertidumbre y peligro a la vida del recién nacido, anticipando la cruz.

La Encarnación transforma toda la realidad, pero, es particularmente importante para nuestra comprensión de nuestra humanidad, especialmente del significado de nuestro cuerpo.

Los seres humanos somos una unidad de cuerpo y alma, por lo tanto, lo que hagamos con nuestro cuerpo afecta a nuestra alma. La dignidad intrínseca de nuestro cuerpo exige que sea tratado de una manera especial, que se lo respete, que cuidemos su integridad, más aún, que lo tratemos con reverencia.

Por supuesto que la reverencia, nada tiene que ver con la idolatría que a veces se nos propone. De hecho, la idolatría del cuerpo, va acompañada muchas veces de su degradación, porque se lo considera un simple objeto de consumo, una máquina más, un juguete, un objeto del que se puede extraer placer u otro tipo de sensaciones según los caprichos o modas del momento, sin ningún tipo de cuidado por su integridad, llegando a veces a comportamientos aparentemente contradictorios, como podría ser el abuso del cuerpo por conductas nocivas y adicciones, unido a un cuidado narcisista de su aspecto.

Frente a la cultura consumista que degrada la corporeidad de la persona y las espiritualidades desencarnadas que, por ejemplo, nos propone la “nueva era”, los cristianos afirmamos la dignidad incomparable de nuestro cuerpo humano que es bueno porque es obra de Dios, que tiene una dignidad especial por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios y que además ha sido asumido por el mismo Dios en virtud de la Encarnación. La naturaleza humana, encarnada, corpórea, asumida por Dios, presente en nosotros y en el prójimo, debe movernos a una actitud reverencial. Esta reverencia se aplica a todos, incluso a aquellos en los que la humanidad está desfigurada por el pecado y especialmente a quienes son considerados material de descarte.

La Navidad nos invita a revalorizar nuestra humanidad, empezando por nuestros cuerpos, a contemplarlos como don de Dios, llamados a participar de la gloria de Cristo resucitado. Así es, cuando Cristo vuelva en gloria y majestad, nuestros cuerpos mortales se revestirán de inmortalidad y serán glorificados a imagen de su cuerpo resucitado, victorioso sobre el pecado y la muerte.

¡Dios se ha preparado un cuerpo, el cuerpo de Cristo, cuerpo humano como el nuestro que en virtud de la Encarnación se unió irrevocablemente a la Palabra Eterna de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad en el vientre inmaculado de María! ¡Feliz Navidad!

P. Roberto M. Cid