Mes misionero

XVIII domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

Como les comenté la semana pasada, el Papa Francisco ha designado este mes de octubre del 2019 como un mes misionero extraordinario. Tradicionalmente observamos la jornada mundial de las misiones durante este mes, pero este año el Papa ha querido que toda la Iglesia se comprometa de manera especial en un renovado impulso misionero.

La actividad misionera de la Iglesia es esencial a ella. Así como la Iglesia no sería fiel a si misma si descuidara sus obras de caridad, así también una Iglesia que se olvida de las misiones está en serios problemas.

La labor misionera de la Iglesia es, por supuesto mandato divino. El Señor Jesús en los pasajes finales del Evangelio según san Mateo, el capítulo 28 para ser más precisos, formula un claro mandato misionero cuando se dirige a los discípulos y les ordena ir a todas las naciones, enseñando todo lo que El enseñó, porque tiene todo el poder y les promete estar con ellos todos los días. Cuando estudiábamos misiología en el seminario, el profesor destacaba que en ese mandato el señor Jesús utiliza el adverbio “todo” cuatro veces en una breve oración.

La obra misionera de la Iglesia también es una obra de caridad y misericordia. Aquel que ha encontrado un tesoro, quien ha encontrado un motivo de alegría naturalmente desea compartirlo con todos los que ama, por lo tanto, llevar a Jesucristo al mundo, hacerlo conocer por quienes no lo conocen, compartir nuestra hermosa fe católica con otros es un acto de amor, porque es desear al bien al otro. No hay bien mayor que encontrar a Cristo, Dios encarnado.

La labor misionera de la Iglesia no es proselitismo, no se ocupa de conseguir adeptos, afiliados o miembros de una organización, sino que busca facilitar el encuentro de las personas con Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien vive porque ha resucitado de entre los muertos y nos invita a todos a la comunión con El.

Los cristianos nos diferenciamos de los promotores de los partidos políticos o agentes de promoción y marketing porque no representamos a una institución cuyo objetivo es crecer en número de afiliados, aumentar sus ganancias o alcanzar el poder, sino anunciar al mundo una Buena Noticia, mostrar el rostro de alguien que ama, alguien que hemos encontrado en nuestras vidas, que da sentido y orientación a nuestra existencia.

Lo que atraía a la gente hacia las primeras comunidades cristianas era precisamente la intensidad del amor que vivían, como dice los Hechos de los Apóstoles. Por eso el Papa Pio XII descalificaba cualquier intento de imponer el Evangelio por la fuerza, el Papa san Juan Pablo II nos recordaba que la verdad siempre se propone, nunca se impone y el Papa Benedicto afirmaba que la Iglesia crece siempre por atracción, nunca por proselitismo. Los partidos políticos hacen proselitismo, la Iglesia anuncia, propone, busca, educa en otras palabras, la Iglesia evangeliza.

Todos los cristianos si somos verdaderos discípulos hemos de ser también misioneros. Todos debemos anunciar a Cristo con nuestras vidas y llevarlo con nosotros a todos los ámbitos de nuestra existencia.

A algunos cristianos el Señor los llama a dejar su tierra e irse a lugares lejanos para anunciar el Evangelio. Tal el caso de la legión de hombres y mujeres que hoy en día anuncian el Evangelio en tierras lejanas con abnegación, perseverancia, sin aspavientos, anunciando el Evangelio a costa de grandes sacrificios personales en ambientes muchas veces hostiles y peligrosos. Tal el caso de los grandes santos misioneros como san Francisco Javier, santa Teresa de Calcuta, san Bonifacio, los mártires de América del Norte, san Juan de Brebeuf, san Isaac Jogues y sus compañeros; o nuestro santo patrono, san Patricio. Hay quienes son llamados por el Señor a participar del esfuerzo misionero de la Iglesia con su vida de oración, como las monjas de clausura, los religiosos de vida contemplativa. Santa Teresita del Niño Jesús, una monja de clausura francesa que solo salió de Francia para ir a Roma a ver al Papa León XIII es la patrona universal de las misiones, justamente por su dedicación a las misiones en la vida de oración.

Más allá de estas vocaciones particulares, todos los cristianos debemos ser misioneros, porque por el bautismo hemos sido constituídos partícipes de la misión de Cristo. El mandato que hemos recibido es tan urgente hoy como ayer porque con tristeza vemos que el mundo entero se ha convertido en territorio de misión. Incluso lugares de larga tradición cristiana, como Europa, por ejemplo, experimentan lo que el Papa Benedicto llamó una amnesia espiritual. Las causas de este fenómeno son múltiples: las infidelidades de los cristianos, el advenimiento de ideologías inhumanas con su secuela de guerras y tragedias humanitarias, el deslumbramiento por el cambio tecnológico son algunas de las más evidentes. Frente a un panorama que se presenta difícil, los cristianos, lejos de desesperar, lamentarnos o añorar supuestos tiempos idílicos del pasado, tenemos que redoblar nuestro esfuerzo por alcanzar la santidad personal. Crecer en gracia, profundizar nuestra amistad con Jesús hará que nuestras vidas reflejen mejor el rostro de Cristo y lo hagan accesible para otros.

Los cristianos hemos sido constituidos profetas por el bautismo. Nuestras vidas como las de Eliseo y Naamán también han de dar testimonio del amor que hemos encontrado y así facilitar el encuentro de otros con Jesucristo. Indudablemente muchos habrán llegado a conocer al Dios verdadero, el Dios de Israel, el Dios que se encarnó en Jesucristo por la transformación que se operó en la vida de Naamán, el sirio a partir del encuentro que tuvo con El. Un encuentro facilitado por la acción de misioneros y profetas, cuyo ejemplo debemos imitar.

P. Roberto M. Cid