Misterio, analogía y metáfora

Solemnidad de la Santísima Trinidad.

Queridos hermanos en Cristo:

Habiendo contemplado la acción de Dios en la historia universal y nuestra historia personal, este domingo la Iglesia nos invita a contemplar la naturaleza misma de Dios, la Santísima Trinidad.

Por supuesto que contemplar la obra de Dios en la historia, también es contemplar a la Santísima Trinidad. Es el único Dios verdadero que es una comunión de personas el que actúa en la historia. Los teólogos usan la expresión Trinidad económica para designar el misterio de la Santísima Trinidad en su relación con la creación, mientras que la expresión Trinidad inmanente se usa para referirse al estudio de la naturaleza misma de Dios y las relaciones que existen entre las tres personas divinas.

Cuando hablamos de las cosas de Dios, siempre estamos tratando de un misterio. Es importante definir que es un misterio porque en este caso usamos la palabra con un sentido distinto del que asignamos en el lenguaje corriente. En el uso cotidiano, la palabra misterio designa un problema a resolver, una cuestión de detectives, algo que no se conoce. Sin embargo, en la Iglesia, cuando decimos que algo es un misterio afirmamos que se trata de una realidad tan vasta y tan profunda que no obstante conocer mucho de ella, nuestro conocimiento de esa realidad no es exhaustivo. Todavía hay mucho por aprender sobre esa realidad, porque nos excede, es superior a los poderes de nuestro intelecto. El misterio es una realidad que no solo se conoce, sino se vive, se participa en ella.

La Santísima Trinidad es un misterio en ese sentido. Sabemos muchas cosas de Dios, estamos en una relación de amor con El y hemos recibido el don de su autorrevelación. Hemos conocido a Dios por su auto manifestación en la historia. Hemos encontrado a Jesucristo vivo que es la revelación definitiva de Dios. Pero todavía hay mucho más de Dios que no conocemos y que no alcanzamos a conocer por las limitaciones de nuestra naturaleza.

Contemplar la naturaleza de Dios es situarse en el umbral del misterio. Es parecido a mirar directamente al sol. El exceso de luz deslumbra a nuestros ojos e incluso puede causar ceguera. Las grandes herejías trinitarias en la historia de la Iglesia se deben, en parte, a la incapacidad de convivir con el misterio.

Además, cuando hablamos de las cosas de Dios, nuestro lenguaje es siempre analógico y a veces metafórico. Una metáfora es un recurso del lenguaje que asimila una realidad a un sentido figurado. Nuestro santo patrono, san Patricio, utilizó la metáfora del trébol para tratar de explicar la naturaleza de Dios. Obviamente, Dios nos es una planta. La Biblia nos dice que el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma de paloma, aunque muchas veces se lo represente así, sabemos que la Tercera Persona de la Santísima Trinidad no es un ave. Y así muchos otros ejemplos de la Biblia, la teología y la piedad popular.

Una analogía, en cambio, es una relación de semejanza entre cosas que son diferentes. Por ejemplo, cuando decimos que Dios ama y Teresa de Calcuta ama, estamos predicando algo de Dios y de la santa por analogía. El amor de Dios y el amor humano tienen en común que ambos son reales y tienen atributos comunes. Mientras el amor de Dios es perfecto e infinito, el amor humano no lo es. Si bien comparten algunas características, son dos realidades distintas. En una analogía hay muchas cosas en común, pero hay muchísimas cosas que son diferentes. Si se lleva la analogía al límite o se ignora de lo que se está tratando uno puede quedar confundido y caer en errores graves.

Muchas confusiones en la contemplación del misterio de la Santísima Trinidad y muchas herejías a lo largo de la historia de la Iglesia son el resultado de haber entendido metáforas en sentido estricto o haber olvidado el carácter analógico de una afirmación.

Volviendo al ejemplo de nuestro santo patrono, san Patricio, el trébol nos permite tener una idea de la unidad en la Trinidad, nos presenta una imagen de las tres personas divinas, pero entendido en un sentido estricto nos lleva al error de pensar que la Santísima Trinidad es una asociación de tres elementos distintos que no constituyen una misma esencia. Está claro que cada una de las hojas del trébol consideradas independientemente no constituye un trébol, mientras que cada persona de la Santísima Trinidad es completamente Dios. El Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Se trata de tres personas, pero una única naturaleza divina.

Las analogías también pueden llevar al error si se llevan al límite porque colapsan. La primera persona de la Santísima Trinidad se revela como Padre por analogía con la paternidad humana, pero como señalaba san Juan Pablo II, la paternidad de Dios se enriquece con características que son propias de la maternidad humana, como lo demuestra por ejemplo un pasaje del libro del profeta Isaías. Dios es Padre, pero la paternidad divina no se basa en un modelo patriarcal de la sociedad sino todo lo contrario es el modelo en el que deben inspirarse los padres humanos para ser verdaderamente fieles a su vocación.

Adorar al Dios Uno y Trino, contemplarlo es gustar de su amor, vivir en El, cultivar nuestra relación con El e imitarlo en nuestra vida cotidiana, amando a nuestros semejantes por amor a Aquel que es amor, que ama, que se ama con amor en éxtasis, que es el objeto de su amor y que constituye el vínculo mismo del amor. El Dios Uno y Trino que nos creó por amor nos invita a participar de su vida misma para toda la eternidad.

P. Roberto M. Cid