Recuerde el alma dormida…

XVIII domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

En el fragmento del Evangelio de san Lucas que se proclama este domingo el Señor nos invita a reflexionar sobre la fragilidad, vulnerabilidad y la pobreza abyecta de nuestra condición humana evidenciada por nuestra condición de mortales.

El hombre rico que se ha beneficiado de la cosecha récord piensa que su futuro está asegurado, se siente invulnerable. Sin embargo, su condición humana sigue siendo la misma. No importa la cantidad de silos repletos de granos que pudiera tener, la muerte lo alcanzará, incluso de manera inesperada.

Una obra de la literatura española clásica, Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique, reflexiona sobre los intentos del hombre para sobreponerse a la propia muerte, un evento cierto que pareciera aniquilar cualquier proyecto personal y pulverizar todas nuestras relaciones. La búsqueda de la fama, el dinero y el poder se presentan como medios para sobreponerse a la finitud humana. Frente al dolor que le causa la muerte de su padre, el poeta concluye, que se trata solo de ilusiones, porque ni el dinero, ni el poder ni la fama tienen el poder de vencer a la muerte inexorable que iguala a todos los hombres. Solo la esperanza en la vida eterna mitiga el dolor que le causa al poeta la muerte de su padre.

Las lecturas de este domingo son una advertencia clarísima en esa misma dirección, un llamado a la cordura. El Señor nos invita a contemplar nuestra condición tal cual es. No lo hace por motivos morbosos sino para ayudarnos, para que comprendamos que es lo verdaderamente importante en nuestras vidas.

Frente a la realidad de nuestra condición de seres mortales y nuestra indigencia en las cuestiones fundamentales de nuestra existencia, se nos presentan varias posibilidades. Muchas de ellas, lejos de llevarnos a una vida más plena, nos hunden en la desesperación y la miseria.

Una reacción posible, lamentablemente muy común entre nosotros, es aquella que busca mitigar la vulnerabilidad de nuestra humanidad a través de la acumulación de bienes materiales. El rico del Evangelio es un ejemplo típico de los que equivocadamente piensan que tienen el futuro asegurado porque han acumulado bienes materiales. Por lo menos a éste le queda el consuelo de haberlos obtenido de manera legítima. No faltan quienes movidos por el deseo de sobreponerse a los límites que les impone su humanidad, en la búsqueda de una seguridad ilusoria, para acumular bienes apelan incluso a la explotación de sus hermanos. El avaro es una persona egoísta pero muy insegura, piensa que la ha encontrado en los bienes el antídoto contra la debilidad de su condición, la garantía de su supervivencia.

No faltan quienes piensan que pueden mitigar su vulnerabilidad renegando de su condición humana. Piensan que pueden auto-definirse radicalmente sin ninguna referencia a criterios objetivos de verdad y humanidad. Así intentan liberarse de los límites que les impone la naturaleza humana viviendo de cualquier manera. Esa es la propuesta de la tan difundida ideología de género.

Paradójicamente, todos los esfuerzos del hombre por liberarse de su condición humana terminan generando más muerte, lo que san Juan Pablo II llamaba “cultura de la muerte” y que el Papa Francisco denomina “cultura del descarte”. El individualismo extremo que busca afirmar la individualidad sin referencia a la naturaleza humana termina volviéndose en contra del hombre mismo.

Es precisamente en el abrazo y la aceptación de nuestra naturaleza humana que podemos alcanzar la vida eterna porque encontramos a Dios que, como dice san Pablo en la carta a los Filipenses, por amor a nosotros en vez de hacer alarde de su categoría de Dios, se acerca a nosotros, asumiendo nuestra condición humana, haciéndose solidario hasta la muerte, y muerte en cruz. O como, dice el mismo san Pablo, que siendo rico se hace pobre para enriquecernos a nosotros.

La victoria de Cristo sobre la muerte es la victoria de la naturaleza humana. La única forma de escapar de la pobreza abyecta en la que nos encontramos es la comunión con Cristo. Esa debe ser nuestra preocupación fundamental en la vida y hacia ese objetivo debe orientarse toda nuestra actividad.

Los bienes temporales tienen que estar al servicio de la comunión con Cristo que también se alcanza a través de la comunión con el prójimo, de lo contrario se convierten en instrumentos de muerte, objetos inanimados que solo pueden dar una ilusión de invulnerabilidad, apariencia de poder que engendra indiferencia, soberbia y separa de Dios.

Los pobres del Evangelio que Jesús exalta en las bienaventuranzas son aquellos que, dándose cuenta de su condición, lo buscan denodadamente a Él. Como dice el Papa Francisco, la pobreza evangélica no es una cuestión sociológica, sino teológica. Obviamente, es mucho más fácil que alguien que vive en la opulencia se crea poderoso e invulnerable, aunque en realidad sea tan pobre como el resto de los mortales. El Papa Benedicto hablaba de una forma de pobreza que debe combatirse: privaciones de todo tipo que hieren la dignidad del hombre y son contrarias a la voluntad de Dios, pero también nos recordaba que hay una pobreza que se elige: la de los pobres del Evangelio que imitan a Jesús en su entrega generosa al Padre y a los hermanos.

P. Roberto M. Cid