Respetemos la vida

XXVII domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

Cada año, los católicos en Estados Unidos dedicamos el primer domingo de octubre a reflexionar sobre el don incomparable de la vida humana que se encuentra amenazada por múltiples factores y leyes inicuas, especialmente en sus estadíos más vulnerables.

La familia es el santuario de la vida, dijo san Juan Pablo II y el pasado mes de junio, el Papa Francisco dirigió las siguientes palabras a un foro de asociaciones familiares:

“La vida de familia: es un sacrificio, pero un hermoso sacrificio. El amor es como hacer pasta: todos los días. El amor en el matrimonio es un desafío. ¿Cuál es el mayor desafío del hombre? Hacer más mujer a su esposa. Más mujer. Que crezca como mujer. ¿Y cuál es el desafío de la mujer? Hacer que su marido sea más hombre. Y entonces avanzan los dos. Siguen adelante…

La familia es una aventura, ¡una bonita aventura! Y hoy —lo digo con dolor— vemos que muchas veces se piensa en empezar una familia y en formar un matrimonio como si fuera una lotería: «Vamos. Si va, va. Si no va, cancelamos la cosa y comienzo otra vez». Esta superficialidad sobre el don más grande que ha dado Dios a la humanidad: la familia. Porque, después de la narración de la creación del hombre, Dios hace ver que creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Y Jesús mismo, cuando habla de matrimonio, dice: «El hombre dejará al padre y a la madre y con su mujer se convertirán en una sola carne». Porque son imagen y semejanza de Dios. Vosotros sois un icono de la familia: la familia es un icono de Dios. El hombre y la mujer: es precisamente la imagen de Dios. Él lo ha dicho, no lo digo yo. Y esto es grande, es sagrado.

Después hoy —duele decirlo— se habla de familias «diversificadas»: diferentes tipos de familia. Sí, es verdad que la palabra «familia» es una palabra análoga, porque se habla de la «familia» de las estrellas, de las «familias» de los árboles, de las «familias» de los animales… es una palabra análoga. Pero la familia humana como imagen de Dios, hombre y mujer, es una sola. Es una sola. Puede darse que un hombre y una mujer no sean creyentes: pero si se aman y se unen en matrimonio, son imagen y semejanza de Dios, aunque no crean. Es un misterio: San Pablo lo llama «gran misterio», «sacramento grande». Un verdadero misterio…

Una vez encontré a una pareja casados desde hace diez años, sin hijos. Es muy delicado hablar de esto, porque muchas veces los hijos se quieren y no vienen, ¿no es verdad? Yo no sabía cómo gestionar el argumento. Después supe que ellos no querían hijos. Pero estas personas en casa tenían tres perros, dos gatos… Es bonito tener un perro, un gato, es bonito… O también cuando a veces escuchas que te dicen: «Sí, sí, pero nosotros los hijos todavía no porque tenemos que comprar una casa en el campo, después hacer viajes…». Los hijos son el don más grande. Los hijos que se acogen como viene, como Dios los manda, como Dios permite, también si están enfermos. He escuchado decir que está de moda —o al menos es habitual— en los primeros meses de embarazo hacer ciertos exámenes, para ver si el niño no está bien, o viene con algún problema… La primera propuesta en ese caso es: «¿Lo echamos?». El homicidio de los niños. Y para tener una vida tranquila, se expulsa a un inocente.

Cuando era joven, la maestra nos enseñaba historia y nos decía qué hacían los espartanos cuando nacía un niño con malformaciones: lo llevaban a la montaña y lo tiraban, para cuidar «la pureza de la raza». Y nosotros nos quedábamos sorprendidos: «Pero cómo, cómo se puede hacer esto, ¡pobres niños!». Era una atrocidad. Hoy hacemos lo mismo. ¿Vosotros os habéis preguntado por qué no se ven muchos enanos por la calle? Porque el protocolo de muchos médicos —muchos, no todos— es hacer la pregunta: «¿viene mal?». Lo digo con dolor. En el siglo pasado todo el mundo estaba escandalizado por lo que hacían los nazis para cuidar la pureza de la raza. Hoy hacemos lo mismo, pero con guante blanco.

Familia, amor, paciencia, alegría y perder el tiempo en la familia. Tú has hablado de una cosa fea: que no hay posibilidad de «perder tiempo», porque para ganar hoy se deben tener dos trabajos, porque la familia no es considerada. Has hablado también de los jóvenes que no pueden casarse porque no hay trabajo. La familia está amenazada por la falta de trabajo…

He hablado de los niños como tesoro de promesa. Pero hay otro tesoro en la familia: son los abuelos. Por favor, ¡cuidad de los abuelos! Haced hablar a los abuelos, que los niños hablen con los abuelos. Acariciad a los abuelos, no los alejéis de la familia porque son molestos, porque repiten las mismas cosas. Amad a los abuelos, y que ellos hablen con los niños.”

P. Roberto M. Cid